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La buena fama

 

Buena famaLa buena fama en el hombre y en la mujer es la joya más preciada. Quien me roba la bolsa, roba basura: no es nada; era mío, es suyo y ha sido esclavo de millares. Pero el que me arrebata mi buena fama, me roba algo que a él no le enriquece y a mí me deja de veras pobre".

Lo dice Yago en el Acto III de Otelo. Shakespeare condensa en unas líneas el enorme valor ético, social y mercantil del buen nombre. Tener fama de buen pagador ha enorgullecido siempre a todo ciudadano honrado. Por eso hoy, cuando la morosidad bancaria alcanza niveles desconocidos en decenios, es más necesario que nunca -para particulares y empresas- mantener la reputación comercial que es la única puerta abierta hacia un futuro, sin duda, difícil.

No es sólo sentir el temor a embargos y demandas o el pánico al escarnio social que conllevan. Ni siquiera el riesgo de perderlo todo. Es el miedo al mañana, a un futuro incierto y sin posibilidades. Los morosos de hoy sufrirán ese estigma durante años y encontrarán cerradas casi todas las puertas a las que llamen solicitando crédito, sea comercial o bancario. Sin esa posibilidad, les será difícil volver a levantar sus negocios - grandes o pequeños - y deberán sobrevivir en condiciones muy duras al no poder disfrutar de las mismas condiciones que sus competidores.

Muchas de estas empresas han llegado a su situación actual por impagos de terceros o retrasos de las administraciones. Por eso contemplan absortas como la única solución pergeñada por los gobiernos es subir impuestos. Así, detrayendo dinero del mercado solo se genera un círculo vicioso que provoca menos negocio, más dificultades y por tanto más morosidad. Todo ello, obviando la inexistente ejemplaridad de un estado que si paga, lo hace tarde y mal a la vez que exige a los ciudadanos el estricto cumplimiento de sus obligaciones. O de unas Cajas quebradas que reclaman a los clientes, en el cumplimiento de sus obligaciones, una formalidad de la que ellas mismas se han demostrado incapaces, debiendo pedir el auxilio del estado.

Si nuestro el tejido empresarial sale de la crisis moralmente dañado difícilmente podremos afrontar un futuro de crecimiento y desarrollo. Un empresario serio, a diferencia de las empresas públicas o las Cajas no quiere una limosna estatal pagada con fondos de los contribuyentes. Quiere, simplemente, crear riqueza. Por tanto, urgen políticas de crecimiento, medidas que permitan a los ciudadanos vivir de su trabajo. Es imprescindible acabar con el gasto público improductivo y liberalizar realmente la economía. En palabras de Shakespeare, estamos hechos de la misma materia que los sueños. Quizás así, los sueños de muchos se conviertan pronto en negocios rentables.

 

Fuente: http://www.granadahoy.com/article/opinion/1380798/la/buena/fama.html

 
 

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