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egún el experto Pere Brachfield

Retrato robot del moroso profesional español

José Jiménez

 

Empleado del cobrador del FracConocer a quien le debe dinero, clave para recuperar la deuda. El moroso profesional es un varón, de entre 30 y 70 años, sin ni ingresos fijos ni patrimonio personal, pero son de clase media-alta, educados, con estudios superiores y mucho don de gentes.

 

La morosidad no es culpa de las crisis económicas. De hecho, en el caso de España, está arraigada en todas partes, empresas, ciudadanos y administraciones públicas. Esta idea no es un simple juicio de valor sino la constatación de una investigación llevada a cabo hace unos años por la Comisión Europea que reveló que España merece figurar en el libro Guiness de los récords como el país con mayor porcentaje de morosos. Así lo explica el morosólogo Pere Brachfield en su obra «Análisis del moroso profesional», publicada recientemente por la editorial Profit. En todos los casos, conocer el perfil de los deudores es vital para recuperar el dinero.

 

El problema para muchas empresas es que los profesionales del impago gozan en España de «impunidad absoluta», según comenta Brachfield. Aunque suelen exhibir un envidiable nivel de vida, no tienen bienes a su nombre y sus activos son titularidad de sus cónyuges, con los que establecen un régimen de separación de bienes. Los más preparados crean sociedades limitadas para esconder sus activos y ponen un testaferro de administrador único. Estos «morosos impenitentes» ni siquiera tienen nómina pues suelen cobrar en negro. Así, cuando el nivel de deudas les desborda, desaparecen sin dejar rastro. «En la mayoría de los casos, crean una nueva empresa y se desentienden tranquilamente del pasado sin mostrar el menor signo de arrepentimiento», asegura este experto. 

 

Investigue el perfil

 

Para frenar a los morosos, Brachfield reconoce que uno de los aspectos más importantes es conocer su perfil, puesto que no todos son iguales ni se les puede tratar de forma indiscriminada. Para empezar, lo primero que hay que hacer es detectar el origen del problema. «Conocer qué tipo de deudor tenemos delante es una información muy útil antes de empezar las gestiones de recuperación», apunta Brachfield. Por ejemplo, no es lo mismo negociar con un deudor solvente que está pasando por un bache de tesorería que un «caradura que pretende lucrarse a costa de los proveedores». Esta situación lleva a una serie de cuestiones inevitables. ¿Quiere pagar el deudor? ¿Puede pagar? ¿Tiene buena fe? De la respuesta a estas preguntas, Brachfield describe distintos tipos de morosos. 

 

En primer lugar, los que pueden pagar pero no quieren. Son los caraduras, los que actúan con mala fe. Algunos de este grupo acaban pagando la deuda pero otros no; éstos últimos son con diferencia los más peligrosos, los morosos profesionales. Luego están los deudores fortuitos u ocasionales, que quieren pagar pero no pueden. Este grupo suele aparecer en épocas de crisis. Hay que tener cuidado para distinguirlos del resto, pues pagarán la deuda en cuanto tengan medios. 

 

Ojo con el profesional

 

Pero sin duda alguna, los morosos profesionales son los más dañinos para las empresas. Su táctica es muy simple. No pagan a nadie por principio y aplicando su experiencia adquirida «saben que si dan largas y torean a los acreedores, el 80 por ciento de éstos acabará desistiendo y les perdonará la deuda», apunta Brachfield. Todos estos profesionales del impago están cortados por el mismo rasero y responden a un retrato robot. Son por lo general varones, de entre 30 y 70 años, con habilidad para hacerse pasar por empresarios o profesionales liberales. No tienen ni ingresos fijos ni patrimonio personal, pero son de clase media-alta, educados y con estudios superiores. Además, poseen una gran capacidad de comunicación, buena memoria y una gran inteligencia emocional. Y son de carácter afable, simpático, con don de gentes, personas que caen bien a los demás.

 

El problema es que se tratan de sujetos «totalmente insolventes, que no tiene propiedades registradas a su nombre ni ningún activo embargable», apunta Brachfield. Van creando sucesivamente distintos negocios, y cuando llega al límite y no pueden seguir eludiendo a sus acreedores, «pegan el persianazo, cierran la empresa tapadera que le servía para operar comercialmente y desaparecen», recuerda el experto. Luego, montan otro negocio en un lugar diferente y con una denominación social distinta. 

 

De esta forma, suelen conseguir nuevos créditos. Pero en realidad, ninguna de sus empresas cuenta con activos sólidos, por lo que el moroso profesional suele dejar un reguero de deudas allá por donde pasa. En este sentido, suele impagar bastante pronto, en cuanto se ha ganado la confianza de los proveedores. Para colmo, le da lo mismo que le lleven ante los tribunales ya que, por un lado, es totalmente insolvente, por lo que no le pueden embargar nada, y por otro, como cambia habitualmente de denominación social, de sector y de zona de actuación, no le preocupa lo más mínimo que se divulgue su condición de moroso redomado. Es cierto que, con el tiempo, acaba siendo un personaje conocido en su sector. Pero aprovecha la apertura de nuevas sucursales bancarias o la inauguración de negocios para encontrar nuevas víctimas y dar «un buen golpe», aclara el morosólogo.

Para reconocer a estos profesionales del impago, Brachfield sugiere tratar de identificar todos estos rasgos, pero también ha creado un test «online» en la página www.perebrachfield.com.

 

Consta de 26 cuestiones, de las que el deudor profesional tiene que cumplir 20 para poder ser incluido en esta categoría.

 

 

Fuente: http://www.finanzas.com/noticias/empresas/20140115/retrato-robot-moroso-profesional-2583315.html

 
 

www.cursoseduardobuero.capacitacioncobranzas.com

 
 

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